Melancolía

Creo que todos sobrevaloramos las situaciones que generan tristeza. Estoy convencido de que añoramos, por irracional que parezca, experimentar la desolación. En alguna época debí de ser feliz, pero no recuerdo que hubiese estado especialmente motivado por ello. Mi creatividad se veía coartada. El resto de mi vida fui desdichado. Así fue como me sentí y como me siento, aunque no estoy seguro de que tenga correspondencia con la realidad.
Me gusta sentir el desamor. Despierta en mí una necesidad creativa inigualable. Necesito el desamor, el rechazo, el desprecio para crecer interiormente y sobreponerme. Me gusta tener motivos para sentarme a escuchar música triste y beber un vaso de vodka mientras pienso en que no tengo ninguna obligación. Sentado en el sofá, sin más ruido que la música, con los ojos cerrados y con el vodka surfeando por mis papilas gustativas.
Puede que sea demasiado tarde para cambiar. He hecho cosas que no podré ocultar indefinidamente. Pero, lo cierto es que tengo impulsos por cambiar mi rutina de días vacíos. Ansío enamorarme de nuevo o, al menos, reconfortar mi estado de ánimo con sexo, buen sexo, claro. Lo primero es mucho más difícil de conseguir que lo segundo. No obstante, puedo conseguir ambas cosas. Soy capaz de eso y de más.
Nadie sabe lo que hice. De todos modos, percibo que mis vecinos no me miran con los mismos ojos de antes. Sí, soy consciente de que he mutado en otro ser y de que, ahora, ya no hay vuelta atrás. Quisiera cambiar todo de un golpe, pero es imposible. Veo con claridad que sólo hay dos caminos: el óbito o la continuidad. De momento, opto por seguir. Pero no sé por cuanto tiempo. Sólo yo puedo ponerme fin a mí mismo. Y no quiero que, antes de que eso ocurra, me pongan delante de un juez. Eso, jamás.