Otra vez en A Coruña

Ni Keila consiguió que me olvidase de mi segundo ¿asesinato? Yo no lo hice con alevosía, era cuestión de su vida o la mía. Podría referirme a ello como una muerte accidental. Sí, así lo haré. También fue accidental lo que ocurrió en O Ventorrillo. No puedo culparme por accidentes, desgracias azarosas, pero tampoco logro olvidar. Quizás, correr, como estoy haciendo ahora mismo, me ayude a eliminarlo de mi mente. En el regreso a Galicia, traje a Ana y Ayita. Las dos me notaron extraño, eso decían. Mañana, comienzo en mi nuevo empleo. Todo debe volver a la normalidad. Me esforzaré en que así sea. Antes quemaré un poco de adrenalina en el Paseo Marítimo.
Ahora sólo puedo ver baldosas verdes, marfiles, granates; baldosas. Farolas rojas. Gente que corre, que pasea. Luces de semáforos. Coches. Las olas rompiendo y muriendo en la arena. Y Bob Marley suena en mi cabeza. "So Much Trouble In The World". Su ritmo es demasiado lento, pero me adapto a él. Cada golpe de bajo, una zancada. No llevo walkman, no me hace falta. Conozco de sobra esta melodía.—So much trouble in the world, so much trouble in the world—. Cada paso es un triunfo. Necesito correr, necesito quemar adrenalina y, sobre todo, necesito olvidar. Anoche, en La Rosa de los Vientos, debatieron sobre la hipótesis que explica que Jesucristo sobrevivió a la crucifixión y se refugió en Cachemira hasta que murió a una edad avanzada. Aún me queda más de la mitad del recorrido de ida. Y tengo que volver al coche.
El sudor me molesta en los ojos. Tengo las cejas muy pobladas, pero no basta para frenar el líquido que expulso desde mi cuero cabelludo y evitar que entre como misiles salados en mi cavidades oculares. Es una sensación desagradable. Me froto como puedo con las manos, también empapadas en sudor, pues el que libero en ellas se junta con el que llega de mis brazos. Lo único que consigo es que me piquen más. Escupo. Es la tercera vez que escupo en el último minuto. Es por costumbre, realmente no debería escupir, mi garganta está lo bastante seca como para hacerlo de nuevo. Pero vuelvo a escupir. Siempre procurando no darle a nadie ni que el escupitajo caiga en su camino. Regurgito una flema y otra vez.
Me duelen las plantas de los pies. La suela de mis zapatillas Levi's amarillas es muy fina y, además, está tan gastada que siento el relieve del suelo golpearme cada vez que piso. Los salientes de las baldosas se me clavan como puñales. Llevo un ritmo de zancada muy fuerte, me estoy fatigando sin motivo. Voy a tener que parar contra mi deseo.
Se cruza realizando el camino opuesto al mío un anciano que me encuentro cada vez que corro por el paseo. También cruzamos las miradas. No nos saludamos, pero al mirarnos mostramos una señal de respeto, como reconociendo nuestra presencia y admirando cada uno el esfuerzo del otro. Él cojea de la pierna derecha, viste un chándal azul marino y un chubasquero azul. Protege sus manos y su cabeza con guantes y un gorro de lana negros. Se nota en su gesto que la caminata le produce dolor. Mi gesto, honestamente, creo que es mucho peor que el suyo. Supongo que tengo la cara desencajada, colorada por el frío y con algo de baba en los bordes del labio que siento que me quedó tras escupir repetidas veces. No puedo más. Paro de correr. Ahora camino, pero en dirección al coche. De nuevo hacia el Millenium. Mañana tengo que empezar en mi nuevo trabajo, así que no me voy a pasar la víspera.