Tempestad

Salgo a caminar un poco. Tengo que airear mis ideas. Es diciembre y hace frío, mucho frío. Al menos no llueve. Mientras recorro las calles del Agra, puedo ampararme en cierta medida del viento, huracanado. No hay soportales, pero parece que los edificios me protegen del vendaval. Poco a poco, me doy cuenta de que no es sólo un azote de aire, se trata de una tempestad en toda regla. Avanzo con dificultad. Quiero ir al Paseo Marítimo, aunque no creo que sea una idea acertada. Como decía, tengo que airear mis ideas.
En la orilla del mar, el viento es una fuerza incontrolada. Casi me tira. Apenas hay gente paseando. Es tarde, las ocho y media calculo. Ya es de noche y con esta tempestad hay que tener muchas ganas de pasear para caminar por donde yo camino. Comparten mi soledad algunos atletas aficcionados, como yo en otras ocasiones, y algunos ancianos que no perdonan su caminata diaria.
Unos metros alejado del Millennium, diviso a un viejo cerca del borde del mar. Está en las rocas, algo muy peligroso en un día como hoy. Parece que está orinando, aunque no veo muy bien porque el viento frío hace que me lloren los ojos. Me acerco a su altura, pero por la parte peatonal, separado por la barandilla de las rocas y de las olas, que amenazan al señor con golpes imprevisibles. Dicho y hecho. Una ola lo derriba. Cae por la roca y entra en el mar. Mierda. Se supone que una persona decente haría lo posible para salvarle. Yo apenas estoy sobrio. Además, mi pasado no se mide por las buenas obras.
No sé cómo ni por qué, pero estoy en el mar, nadando hacia un anciano desconocido que flota a merced de las olas. Está inconsciente y afortunadamente, boca arriba. Yo me despojé del anorak y los tenis antes de tirarme al agua.
Tras luchar con el oleaje durante unos cinco minutos, alcanzo al viejo. No sé cómo actuar. Creo que lo correcto es mantener la cabeza del desconocido fuera del agua. Lo consigo con mucha dificultad mientras avanzo hasta la orilla. Muy complicado. Me cuesta sobremanera, pero, tras el esfuerzo, topo con la roca. Poso al anciano en ella. Primero la cabeza. luego le subo hasta la cintura. Me incorporo con muchos problemas sobre la roca. Una vez arriba, arrastro al accidentado agarrándole por los hombros. Si supiese rezar, rezaría para que otra ola no nos devolviese a los dos de nuevo al mar.
Ya estoy en la acera. Yo y el viejo. Le reanimo, pero no parece mejorar. Tendría que hacerle el boca a boca, pero me niego. La casualidad se alía con nosotros: una ambulancia pasa por el Paseo Marítimo y se para al vernos. Iba con las luces puestas, directa a acudir para resolver una emergencia. Un enfermero baja e intenta reanimar al señor. El otro, desde el vehículo, anula el servicio anterior e informa de la nueva situación. Los de la Cruz Roja sí le hacen el boca a boca. Parece que el anciano se recupera. Me piden que los acompañe al hospital. Mentiría si dijese por qué acepté. Pero lo hice. Espero que no me arrepienta.